Jane Eyre
Jane Eyre Estaba en medio de una vivencia desgarradora. Una mano de hierro me oprimÃa el corazón. Fue un momento terrible… ¡Lleno de lucha, de oscuridad, de ardor! Ningún ser humano podÃa esperar ser objeto de un amor como aquel que él sentÃa por mÃ. Y la amarga ironÃa consistÃa en que debÃa renunciar a ese hombre que tanto me querÃa y a quien yo idolatraba. Una sola palabra expresaba la insoportable tarea que debÃa acometer: «Alejarme».
—Jane, ¿comprendes lo que te pido? Solo esta promesa: «Seré suya, señor Rochester».
—Señor Rochester, no seré suya.
Se produjo otro largo silencio.
—¡Jane! —comenzó, con una ternura que me partió el corazón en dos y a la vez lo petrificó de miedo. Su voz era lastimera y a la vez amenazadora, como el aullido de un león nervioso—. Jane, ¿quieres decir que pretendes que nuestros caminos se separen?
—Asà es.
—Jane —dijo, inclinándose hacia mà y abrazándome—, ¿desde este mismo momento?
—SÃ.
—¿Y ahora?
Me besó con suavidad la frente y las mejillas.
—Sà —exclamé, y me desasà por completo de su abrazo.