Jane Eyre
Jane Eyre —¡Jane! ¡No puede ser! ¡Eres cruel! Amarme no puede ser algo malo.
—Lo serÃa si le obedeciera.
Una nube de furor le enturbió la mirada y contrajo todos sus rasgos. Se incorporó, pero logró dominarse. Apoyé la mano en el respaldo de la silla para no caer, temblando de miedo, y sin embargo decidida a no rendirme.
—Atiende un momento, Jane. Echa una mirada a la horrible vida que me espera cuando te vayas. Si toda la felicidad parte contigo, ¿qué quedará entonces? ¿La esposa loca del piso de arriba? SerÃa lo mismo que compartir la vida con un cuerpo enterrado en el cementerio. ¿Qué voy a hacer, Jane? ¿A quién acudiré en busca de compañÃa y de consuelo?
—Haga lo mismo que yo: confÃe en Dios y en usted mismo. Crea en el cielo. Mantenga la esperanza de reunirse allà conmigo algún dÃa.
—Entonces, ¿tu decisión es firme?
—SÃ.
—¿Me condenas, pues, a una vida desgraciada y a una muerte en pecado? —Su voz iba elevándose a medida que hablaba.
—Le aconsejo que lleve una vida libre de pecado y le deseo que muera en paz.