Jane Eyre
Jane Eyre —¿Insistes en arrebatarme el amor y la inocencia para dejarme caer de nuevo en brazos del vicio y la lujuria?
—Señor Rochester, no le asignarÃa este destino a usted más que a mÃ. Todos hemos nacido para luchar y resignarnos. Estoy segura de que me olvidará mucho antes que yo a usted.
—Estas palabras me convierten en un mentiroso y mancillan mi honor. Pese a que he declarado que mi amor era eterno, tú me dices a la cara que no tardará en pasar. ¡Y qué perversidad revelan tanto tu juicio como tu conducta! ¿Es mejor empujar a un ser humano hasta la desesperación que transgredir una ley que los hombres han inventado, sin que eso cause sufrimiento a nadie? Porque no tienes parientes ni conocidos a quienes pueda ofender que vivas conmigo.
Eso era cierto. Y, mientras él hablaba, la conciencia y la razón se aliaron para traicionarme y acusarme del crimen de apartarlo de mÃ. Hablaban casi tan alto como los sentimientos, y su clamor decÃa: «¡Apiádate de él! Piensa en su desgracia; piensa en el peligro al que le expones, en el estado en que quedará cuando te vayas. Recuerda su naturaleza impetuosa y los errores que es capaz de cometer si se deja llevar por la desesperación: cuÃdalo, sálvalo, ámalo. Dile que le quieres y que serás suya. ¿Acaso alguien se preocupa de ti en este mundo o se sentirá herido por lo que hagas?».