Jane Eyre

Jane Eyre

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Esta fue mi respuesta cuando desperté de aquella especie de trance. Aún estaba oscuro, pero las noches de julio no son muy largas: el amanecer tarda poco en llegar. «No puede ser demasiado temprano para poner manos a la obra y hacer lo que debo hacer», pensé. Me levanté. Ya estaba vestida, solo me había quitado los zapatos. Sabía dónde encontrar mudas de ropa blanca en los cajones, así como el medallón y un anillo. Mientras buscaba estos objetos, encontré un collar de perlas que el señor Rochester me había obligado a aceptar unos días atrás. Lo dejé allí: no era mío, perteneció a aquella novia de humo que se había evaporado en el aire. Puse el resto de cosas en un bolso y guardé el monedero en el bolsillo, con veinte chelines como todo capital. Me ajusté el sombrero, me envolví en el chal, recogí el bolso y las zapatillas que aún no había guardado y salí de mi habitación.

—Adiós, amable señora Fairfax —murmuré al pasar ante su puerta—. ¡Adiós, querida Adèle! —dije, echando una mirada de despedida al cuarto de la niña.

No podía permitirme el lujo de entrar a abrazarla. Era preciso evitar que un fino oído percibiera mis pasos… Aunque tal vez la precaución fuera inútil; quizá no estuviera escuchando.


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