Jane Eyre

Jane Eyre

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No habría imaginado que esa noche fuera capaz de dormir, y sin embargo caí rendida tan pronto como me eché en la cama. Mis pensamientos volaron hacia escenas de mi infancia: soñé que yacía en la habitación roja de Gateshead en una noche oscura, con la mente poblada de extraños temores. La luz que tanto tiempo atrás me había provocado un ataque de pánico se me apareció de nuevo: parecía ascender por la pared y detenerse temblorosa en el centro del negro techo. Levanté la cabeza para verla: el tejado estaba formado de nubes, altas y ligeras. Su brillo recordaba al de la luna cuando penetra en los restos de niebla. La vi llegar: contemplé su aparición sacudida por un extraño presagio, como si llevara escrita una sentencia en su disco. Irrumpió en el cielo como jamás ninguna otra luna ha surgido de detrás de una nube: una mano corrió los pliegues oscuros de vapor y los deshizo, y entonces apareció, no una luna, sino una resplandeciente forma humana, que inclinaba hacia la tierra su frente inmaculada. Me miró fijamente durante un largo rato y al final le habló a mi espíritu: su tono era distante y a la vez muy cercano. Mi corazón oyó un susurro.

—¡Huye de la tentación, hija mía!

—Así lo haré, madre.


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