Jane Eyre
Jane Eyre —Que Dios le bendiga, querido señor. Que le proteja de todo daño y de todo mal, que se convierta en su guÃa y su consuelo en recompensa por la amabilidad con que me ha tratado.
—El amor de la pequeña Jane habrÃa sido mi mejor recompensa —respondió—. Sin él, mi corazón se parte en pedazos. Pero Jane me concederá su amor. SÃ, un amor noble y generoso.
La sangre volvió a teñir sus mejillas. Se incorporó con fuego en la mirada y extendió los brazos, pero yo eludà el contacto y huà de la habitación.
«¡Adiós! —gritaba mi corazón al dejarle. Y la desesperación añadió—: ¡Adiós para siempre!»