Jane Eyre
Jane Eyre —¿Te vas, Jane?
—Me marcho, señor.
—¿Me abandonas?
—SÃ.
—¿No volverás? ¿No serás mi consuelo y mi salvadora? ¿No significa nada para ti este amor intenso que siento, este sufrimiento salvaje, esta súplica desesperada?
Su voz expresaba un patetismo insoportable. Me costó un esfuerzo sobrehumano repetir con firmeza:
—Me voy.
—¡Jane!
—Señor Rochester.
—Vete, pues. Te dejo ir, pero no olvides que me dejas sumido en la angustia. Sube a tu habitación; piensa en todo lo que he dicho y en el sufrimiento que me espera. ¡Piensa en mÃ!
Se alejó, se dejó caer encima del sofá y sepultó el rostro en los cojines.
—¡Jane! ¡Amor mÃo, vida mÃa…! Mi única esperanza… —sollozaba.
Yo ya habÃa llegado hasta la puerta, pero, lector, volvà a entrar, regresé con la misma determinación con que me habÃa alejado. Me arrodillé junto a él y atraje su cara hacia mÃ, le besé la mejilla y le acaricié los cabellos.