Jane Eyre

Jane Eyre

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—Nunca en la vida —dijo él entre dientes— había tenido delante a alguien tan frágil e indómito a la vez. ¡En mis manos parece un junco! —Y me zarandeó como prueba de sus palabras—. Podría quebrarla con un solo dedo. ¿Y qué bien obtendría de doblegarla, de romperla en dos? Sus ojos despiden una mirada decidida, salvaje y libre, que me desafía con algo más que coraje… ¡Con la vanidad que conlleva el triunfo! Puedo hacer lo que desee con la jaula, porque nunca llegaré a poseer a la criatura hermosa y decidida que contiene. Si la rompo, si vulnero esos débiles barrotes, mi arrebato solo servirá para dejar libre a la cautiva. Seré el conquistador del castillo, pero su habitante huirá hacia el cielo antes de que pueda proclamar mi victoria. Y eres tú —espíritu con voluntad y energía, lleno de luz y de pureza— lo que deseo, y no el débil envoltorio que te protege. Si quisieras, podrías volar suavemente hasta mí y anidar en mi pecho; pero si tu voluntad se niega a ello, eludirás mi abrazo, evanescente como una fragancia, y te desvanecerás antes de que logre aspirar tu aroma. ¡Ven, Jane! ¡Ven a mí!

Al pronunciar estas palabras, sus brazos aflojaron la presión. Me miraba, y era más difícil resistirse a esa mirada que al abrazo frenético. Sin embargo, solo una imbécil habría sucumbido entonces. Si me había atrevido a desatar su furia, también debía mostrarme insensible a su dolor. Retrocedí hasta la puerta.


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