Jane Eyre

Jane Eyre

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Eso hice. El señor Rochester lo notó en mi rostro. Su furia alcanzó las cotas más elevadas: la cólera era más fuerte que él. Cruzó la habitación y me agarró del brazo y de la cintura; el ardor de su mirada parecía querer devorarme. En ese momento me sentí físicamente débil, con la misma fuerza que una brizna de paja expuesta al calor de un horno. Sin embargo, mi alma seguía firme y en su firmeza radicaba la certeza de salvación. Por suerte, la mente dispone de un intérprete —a menudo inconsciente, pero fiel— en la mirada. Mis ojos se cruzaron con los suyos y, mientras me enfrentaba a su furioso semblante, solté un suspiro involuntario; su mano me hacía daño, mis exhaustas fuerzas estaban a punto de agotarse.











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