Jane Eyre

Jane Eyre

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Bajé la escalera sumida en la tristeza. Sabía lo que tenía que hacer y lo hice de manera mecánica. Fui a la cocina a buscar la llave de la puerta lateral y unté con una pluma mojada en aceite tanto la llave como la cerradura. Cogí un trozo de pan y un poco de agua: me hallaba a las puertas de un largo viaje y no podía consentir que mis fuerzas, ya menguadas, desfallecieran del todo. Hice todo esto en el más absoluto silencio. Abrí la puerta, salí, y la cerré con suavidad. La palidez del alba iluminaba el patio. Las verjas estaban cerradas con llave, pero una de las portezuelas estaba solo ajustada. Por ella salí, la cerré a mi espalda: por ella escapé de Thornfield.

A casi dos kilómetros de distancia había un camino que cruzaba los campos en dirección contraria a Millcote, un sendero que había visto a menudo sin saber adónde se desembocaba. Encaminé mis pasos hacia allí. No podía permitirme el lujo de reflexionar, de volver la vista hacia lo que dejaba atrás o anticipar lo que me esperaba. ¿Para qué dedicar un solo pensamiento al pasado o al futuro? El primero era una página tan dulce y a la vez tan triste que leer una sola línea serviría para hacer trizas mi coraje y acabar con mis fuerzas. Y el futuro, por su lado, era una hoja en blanco, algo parecido a lo que debió ser el mundo tras el diluvio.


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