Jane Eyre

Jane Eyre

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Sorteé campos, setos y senderos hasta la salida del sol. Creo recordar que hacía una hermosa mañana de verano. Sé que los zapatos que me había puesto al salir de la casa pronto quedaron húmedos por el rocío. Pero para mí no había amanecer, ni cielo sonriente ni naturaleza despertando al calor. El condenado que camina hacia el patíbulo por un camino lleno de flores no piensa en la belleza del paraje, sino en el tajo y en el filo del hacha, en el desmembramiento de venas y huesos, en la tumba fría que le aguarda al final. Y yo me sentía como una vagabunda solitaria y desamparada, y el corazón me dolía al recordar lo que había dejado atrás. No podía evitarlo. Pensaba en él ahora, en su habitación, contemplando la salida del sol, esperando verme llegar para decirle que me quedaría a su lado y sería suya. Anhelaba ser suya. Ansiaba regresar: aún no era demasiado tarde y podría evitarle el amargo trago de sentirse abandonado. Estaba segura de que mi huida no había sido descubierta todavía: podía volver y ser su consuelo, su orgullo, la redención de sus desgracias y, tal vez, la salvación de su alma. Su desconsuelo me atormentaba más que el mío. Se me clavaba en el pecho como una flecha, desgarrándome la carne cuando intentaba extraerla, y me hacía desfallecer cuando el recuerdo la hundía aún más en mi interior. Los pájaros empezaron a cantar desde las ramas y desde los arbustos: ellos, que eran fieles a sus compañeros, representaban el símbolo del amor. ¿Qué era yo? Además del dolor que sacudía mi corazón y del intenso esfuerzo que hacía por mantener mis principios, comencé a albergar un profundo sentimiento de odio hacia mí misma. Ni siquiera me quedaba la satisfacción de aprobar mis actos, ese consuelo que proviene del respeto a uno mismo. Había herido a mi señor y le había dejado. Me veía como a un ser odioso. Y, sin embargo, regresar era imposible; no podía retroceder un solo paso, Dios me empujaba hacia delante. La pena asoladora que me agitaba entorpecía mi voluntad y me enturbiaba la conciencia. Iba regando con lágrimas el camino solitario: aceleré el paso, presa de una especie de delirio. La debilidad se abrió paso desde el interior y dominó mi cuerpo, paralizó mis piernas y me hizo caer al suelo. Allí me quedé durante unos minutos, con la cara apoyada contra la hierba húmeda. Temía, o mejor sería decir anhelaba, morir allí, pero no tardé en incorporarme: apoyé las manos y las rodillas en el suelo y me puse en pie, más decidida que nunca a alcanzar ese camino.


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