Jane Eyre
Jane Eyre Cuando llegué, me vi obligada a sentarme junto a una valla. Mientras descansaba, oí un rumor de ruedas y vi que un carruaje se acercaba. Me levanté y alcé la mano para detenerlo. Pregunté al conductor adónde se dirigía y este mencionó el nombre de un remoto lugar, donde no era probable que el señor Rochester conociera a nadie. ¿Cuál era el precio del viaje? Treinta chelines. Respondí que no tenía más que veinte. Bien, veinte serían suficientes. Al fin y al cabo, el vehículo iba vacío. Entré, cerró la puerta y comenzó a avanzar.
Amable lector, espero que nunca tengas que sentirte como yo me sentí entonces. Que tus ojos nunca viertan la tormenta de lágrimas hirvientes y amargas que brotaron de los míos. Que nunca tengas que elevar al cielo una plegaria tan desesperada y desoladora como la que en esa hora pronunciaron mis labios. Que nunca sepas, como sabía yo, que eres el instrumento de tortura de la persona que más amas en el mundo.