Jane Eyre

Jane Eyre

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Regresé a Whitcross, y desde allí tomé una carretera que iba de espaldas al sol, abrasador en esos momentos. Fue esa circunstancia lo que decidió el camino. Caminé durante un buen rato, y cuando consideré que ya había hecho bastante y podía rendirme a la fatiga que entorpecía mis pasos, me concedí un descanso y me senté en una piedra, dejándome llevar sin oponer resistencia por una apatía que me paralizaba el corazón y los miembros hasta que oí un repicar de campanas. Era la campana de una iglesia.

Me volví en dirección al sonido y allí, entre el romántico paraje montañoso, cuyos cambios y aspecto yo había dejado de advertir ya hacía más de una hora, vislumbré un pueblo y un campanario. Todo el valle a mi derecha estaba lleno de campos de pastos, de maíz y de extensiones de bosque. Un riachuelo brillante serpenteaba entre los distintos matices de verde, entre el maíz dorado, el bosque oscuro y el prado iluminado por el sol. El ruido de unas ruedas sobre el camino me hizo reaccionar: un carro muy cargado ascendía la colina y no muy lejos había dos vacas con su guía. La vida humana y el trabajo estaban cerca. No podía rendirme: debía luchar por vivir y ganarme el pan con el sudor de la frente, como hacía todo el mundo.



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