Jane Eyre
Jane Eyre Pero al día siguiente, la necesidad pura y dura se me apareció. Mucho después de que los pajarillos hubieran salido de sus nidos, mucho después de que las abejas hubieran aprovechado la hora más dulce del día para recoger la miel del brezo antes de que el rocío se secara, cuando las alargadas sombras de la mañana se esfumaron y el sol invadió el cielo y la tierra, me levanté y miré alrededor.
¡Qué día tan perfecto, caluroso y sereno! ¡Qué hermoso estaba el páramo, parecido a un desierto de oro! Todo refulgía. Ojalá pudiera vivir siempre allí. Vi cómo un lagarto corría por la piedra, vi a una abeja ocupada entre los arándanos, y en ese momento habría deseado ser abeja o lagarto para así conseguir allí alimento y cobijo para siempre. Pero yo era un ser humano y tenía las necesidades de mi especie: no podía permanecer donde no había nada para satisfacerlas. Me levanté, miré al lecho que acababa de abandonar. Sin esperanzas en el futuro, solo deseé que mi Creador hubiera tenido a bien requerir mi alma esa noche mientras dormía, y así mi fatigado cuerpo habría podido abandonar este combate contra el destino y se habría fundido en paz con el suelo del páramo. Sin embargo, seguía viva, con todo lo que eso implicaba: exigencias, dolor y responsabilidades. Debía cargar con el peso, satisfacer la necesidad, soportar el sufrimiento y cumplir con mi responsabilidad. Tenía que seguir.