Jane Eyre

Jane Eyre

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Exhausta por esta tortura mental me puse de rodillas. La noche había llegado y traído consigo a sus acompañantes celestiales. Era una noche tranquila y silenciosa, demasiado serena para provocar miedo. Sabemos que Dios está en todas partes, pero no hay duda de que sentimos más su presencia cuando contemplamos sus obras a gran escala: es bajo la plácida y silenciosa oscuridad cuando somos más capaces de apreciar su infinitud, su poder y su omnipresencia. Me había arrodillado para rezar por el señor Rochester. Cuando levanté la vista con los ojos arrasados de lágrimas, observé la fulgurante Vía Láctea. El recuerdo de lo que era, de los incontables sistemas que se deslizaban por el espacio como una estela de luz, me hizo percibir el poder y la fuerza de Dios. Estaba tan segura de que Dios haría todo lo posible para conservar lo que Él había creado, tan convencida de que la tierra no moriría, ni tampoco ninguna de las almas que atesoraba en ella, que convertí la plegaria en una oración de gracias: la Fuente de la Vida era también el Salvador de los Espíritus. El señor Rochester estaba a salvo: era una criatura de Dios y Él le protegería. Me acurruqué de nuevo en el repecho de la colina y dejé que el sueño me hiciera olvidar las penas.




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