Jane Eyre
Jane Eyre Al lado de la roca el brezo era muy tupido: los pies se me hundieron al tumbarme y los arbustos se elevaron a ambos lados dejando un espacio muy estrecho para que pasara el aire. Doblé el chal y lo usé de colcha; un montón de musgo se convirtió en mi almohada, y me hice un ovillo, dispuesta a evitar el frío. Lo conseguí, al menos durante las primeras horas de la noche.
Habría podido descansar bastante bien, pero la tristeza del corazón me lo impidió. Se lamentaba de sus heridas abiertas, de la sangre que manaba de su interior, de sus fibras rasgadas. Temblaba por el señor Rochester y el destino que le aguardaba: le compadecía con amargura, añoraba su presencia en todo momento, e impotente como un pájaro con las alas rotas todavía intentaba emprender el vuelo en un vano intento de encontrarle.