Jane Eyre

Jane Eyre

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¿Qué iba a hacer? ¿Adónde iría? ¡Qué preguntas tan estúpidas: no podía ir a ningún lugar, no podía hacer nada! Este cuerpo tembloroso tendría que recorrer aún un buen trecho antes de llegar a un lugar habitado; tendría que depender de la fría caridad para conseguir alojamiento, despertar en los otros una piedad no exenta de recelos, un sentimiento de rechazo previo a la posibilidad de narrarles mi historia.

Toqué el brezo: estaba seco y aún desprendía el calor del día. Miré al cielo, nítido y puro, y una amable estrella me guiñó el ojo desde el borde de la roca. La noche caía, suave como un velo, sin una pizca de brisa. La naturaleza me pareció benévola y generosa: pensé que me amaba, a mí, pese a mi desamparo. Y yo, que de los hombres solo podía esperar desconfianza, rechazo e insultos, me aferré a ella con amor filial. Al menos por esa noche sería su huésped, además de su hija: mi madre me daría alojamiento sin necesidad de dinero. Tenía aún un pedazo de pan, los restos de un panecillo que había comprado al cruzar una ciudad con mi último penique. Arándanos como perlas negras brillaban sobre el brezo: cogí unos cuantos y me los comí con el pan. Esta frugal comida consiguió, si no acallar del todo la voz del hambre que me acuciaba, sí al menos mitigar sus demandas. Recé mis oraciones nocturnas y busqué un lugar donde acostarme.


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