Jane Eyre
Jane Eyre Me dirigí decidida hacia los arbustos hasta alcanzar una hondonada que había visto desde el camino; vadeé el páramo cenagoso, hundiéndome en él hasta las rodillas, seguí sus recovecos, y por fin me hallé ante una gran roca ennegrecida por el musgo que se alzaba en uno de los ángulos. El lugar parecía a salvo de miradas curiosas y me senté bajo la piedra. Me rodeaban altos bancos de lodo y la roca me protegía la cabeza. Por encima, solo me cubría el infinito manto del cielo.
Sin embargo, tuvo que pasar algún tiempo antes de que me sintiera segura incluso en un lugar tan resguardado: tenía el vago temor de que se acercasen animales salvajes o de ser descubierta por algún excursionista o un cazador furtivo. Si una ráfaga de viento barría el páramo, alzaba la vista por miedo a que se tratara de una bestia; si percibía el silbido de un ave, pensaba que era un hombre el que se aproximaba. Pese a todo, por fin comprendí lo absurdo de mis miedos y me dejé tranquilizar por el silencio que acompaña a la llegada de la noche. Hasta ese momento no había tenido tiempo para pensar: me había limitado a escuchar, a observar y a temer. Solo entonces era capaz de recobrar la capacidad de comprensión.