Jane Eyre

Jane Eyre

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Whitcross no es una ciudad, ni siquiera llega a la categoría de pueblo. No es más que un pilar de piedra erigido en el punto donde se cruzan cuatro caminos, rebozado en blanco para que sea visible de lejos y en la oscuridad. Del extremo del pilar emergen cuatro brazos: según las indicaciones, la ciudad más cercana está a unos dieciséis kilómetros y la más lejana a más de treinta. De los nombres de esos lugares, deduzco el condado al que he ido a parar: una región situada al norte de la zona central, oscurecida por los páramos y rodeada de montañas. Puedo dar fe de ambas cosas. Hay inmensos páramos a mis espaldas y a los lados; a lo lejos, más allá del profundo valle que se extiende a mis pies se levanta un océano rocoso. No parece una zona muy poblada y no se ve ni un solo transeúnte por los caminos, líneas amplias, blancas y solitarias que, bordeadas por enormes matas de arbustos salvajes, surcan los páramos en todas direcciones. En cualquier caso, podría aparecer alguien por allí y no tengo el menor deseo de ser vista: cualquiera se extrañaría al verme en medio de la nada, apoyada en la señal del camino, desorientada y perdida. Si me preguntara, mis respuestas no harían más que aumentar sus sospechas. En este momento me siento absolutamente desligada del resto de la gente, no tengo lugar donde acudir ni amigos que me reciban: nadie me dedicará un saludo ni rogará por mí. Puesto que mi único pariente es la madre universal, la naturaleza, buscaré reposo en su regazo.


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