Jane Eyre
Jane Eyre Entré en la tienda. La dependienta, viendo el aire respetable de la dama que tenía delante, se acercó a mí con una sonrisa educada. ¿Qué deseaba? Yo estaba muerta de vergüenza: la lengua era incapaz de emitir la respuesta que había preparado. No me atreví a ofrecerle esos guantes medio gastados o el raído pañuelo. Me limité a pedirle permiso para sentarme un momento porque estaba cansada. Decepcionada en sus expectativas de hacer negocio, accedió con frialdad a mi petición y me señaló una silla. Me dejé caer en ella con unos enormes deseos de romper a llorar, pero el temor me contuvo. Le pregunté si había en el pueblo algún sastre o alguna modista.
—Sí, dos o tres. Tantas como nos hacen falta.
Reflexioné. Había llegado al final: me enfrentaba cara a cara con la necesidad. Me hallaba sin recursos, sin amigos, sin un solo penique. Tenía que hacer algo. ¿Qué? Debía recurrir a alguien. ¿A quién?
—¿Conoce algún lugar en el pueblo donde necesiten una criada?
—No sabría decirle.
—¿Cuál es la principal actividad de la zona? ¿A qué se dedica la mayoría de la gente?
—Algunos trabajan en granjas, muchos en la fábrica de agujas del señor Oliver o en la fundición.
—¿El señor Oliver da trabajo a mujeres?
—No. Es tarea de hombres.