Jane Eyre

Jane Eyre

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—¿Y qué hacen las mujeres?

—No sé… —fue la respuesta—. Unas hacen esto, otras aquello… Los pobres deben hacer lo que se les presenta.

Parecía cansada de mis preguntas. En realidad, ¿qué derecho tenía yo a importunarla? Entraron un par de clientas y era obvio que querían sentarse. Me fui.

Subí la calle sin dejar de mirar las casas que había a derecha e izquierda, pero no se me ocurrió ningún pretexto para entrar en ninguna. Deambulé por el pueblo durante más de una hora, alejándome a ratos y volviendo después. Agotada y mortificada por el hambre, me dirigí a un prado y me senté bajo una cerca. Sin embargo, en pocos minutos ya estaba de nuevo en pie buscando algo o a alguien. En la cima del prado había una preciosa casita provista de un jardín delantero, exquisitamente cuidado y rebosante de flores. Me detuve delante. ¿Qué excusa podía llevarme a caminar hasta la puerta blanca o hacer sonar el reluciente picaporte? ¿Por qué iban a querer ayudarme sus habitantes? Pese a ello, me acerqué a ella y llamé a la puerta. La abrió una joven de aspecto amable y elegante atuendo. Con la voz baja y vacilante que podría esperarse de un corazón desesperado y un cuerpo débil, le pregunté si necesitaban una criada.

—No —dijo ella—. No tenemos servicio en la casa.


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