Jane Eyre
Jane Eyre El recuerdo de los tres dÃas y tres noches que vinieron después es más bien borroso. Lo único que puedo revivir en la memoria son algunas sensaciones momentáneas, pero no pensamientos ni acciones concretas. Era consciente de que estaba en una habitación pequeña y en una cama estrecha a la que parecÃa haber quedado sujeta: yacÃa en ella inmóvil como una piedra, y desgajarme de allà habrÃa sido lo mismo que quitarme la vida. No tenÃa ninguna noción del paso del tiempo: de los cambios que se producÃan de la mañana a la tarde, o de la tarde a la noche. Observaba a las personas que entraban y salÃan de la estancia e incluso podrÃa haber señalado de quién se trataba; entendÃa lo que decÃan cuando hablaban delante de mÃ, pero responder estaba fuera de mi alcance: abrir los labios era una tarea tan imposible como mover los miembros. Hannah, la criada, era quien me visitaba más a menudo. Su llegada me molestaba; tenÃa la sensación de que hubiera deseado verme lejos de allÃ, de que no sentÃa la menor comprensión hacia mà o mis circunstancias, de que albergaba prejuicios en mi contra. Diana y Mary se dejaban caer por la habitación un par de veces al dÃa y solÃan sentarse junto a la cama y susurrar frases como estas:
—Hicimos muy bien en acogerla.
—Por supuesto. Si llega a pasar la noche a la intemperie, la pobre habrÃa muerto de madrugada. Me pregunto cuántas desgracias habrá tenido que soportar.
