Jane Eyre

Jane Eyre

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29

El recuerdo de los tres días y tres noches que vinieron después es más bien borroso. Lo único que puedo revivir en la memoria son algunas sensaciones momentáneas, pero no pensamientos ni acciones concretas. Era consciente de que estaba en una habitación pequeña y en una cama estrecha a la que parecía haber quedado sujeta: yacía en ella inmóvil como una piedra, y desgajarme de allí habría sido lo mismo que quitarme la vida. No tenía ninguna noción del paso del tiempo: de los cambios que se producían de la mañana a la tarde, o de la tarde a la noche. Observaba a las personas que entraban y salían de la estancia e incluso podría haber señalado de quién se trataba; entendía lo que decían cuando hablaban delante de mí, pero responder estaba fuera de mi alcance: abrir los labios era una tarea tan imposible como mover los miembros. Hannah, la criada, era quien me visitaba más a menudo. Su llegada me molestaba; tenía la sensación de que hubiera deseado verme lejos de allí, de que no sentía la menor comprensión hacia mí o mis circunstancias, de que albergaba prejuicios en mi contra. Diana y Mary se dejaban caer por la habitación un par de veces al día y solían sentarse junto a la cama y susurrar frases como estas:

—Hicimos muy bien en acogerla.

—Por supuesto. Si llega a pasar la noche a la intemperie, la pobre habría muerto de madrugada. Me pregunto cuántas desgracias habrá tenido que soportar.


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