Jane Eyre

Jane Eyre

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—Me marché de Lowood hace casi un año para trabajar como institutriz. Obtuve un buen empleo y fui feliz en él. Me vi obligada a abandonar este lugar cuatro días antes de mi llegada aquí. No puedo ni debo explicarles la razón de mi partida: sería inútil y peligroso, y de hecho sonaría increíble. No se me puede achacar ninguna culpa: estoy tan libre de responsabilidades como cualquiera de ustedes tres. Soy muy desgraciada y lo seré durante mucho tiempo, porque la catástrofe que me arrancó de un lugar donde había encontrado el paraíso fue de una naturaleza extraña y aterradora. En mi huida solo tuve en cuenta dos cosas: la rapidez y el secreto. Para asegurarme de ello, tuve que dejar atrás todas mis posesiones a excepción de un pequeño paquete, el cual, con las prisas y la turbación que agitaba mi mente, dejé olvidado en el carruaje que me trajo hasta Whitcross. Llegué, pues, a esta zona, completamente desposeída. Pasé dos noches durmiendo al raso y deambulé durante dos días sin que nadie me diera cobijo. Solo en dos ocasiones probé la comida. Fue entonces cuando, derrotada por el hambre, el cansancio y la desesperación, me encontró usted tirada ante su puerta, señor Rivers, y me dejó resguardarme en el interior de su casa. Sé lo que sus hermanas han hecho por mí en estos días, porque no estaba inconsciente, solo adormecida, y he contraído con su compasión auténtica y espontánea una deuda tan grande como con la evangélica caridad que usted me dedicó.


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