Jane Eyre
Jane Eyre Pero, al margen de sus frecuentes ausencias, existía otra barrera que impedía trabar amistad con él: parecía un hombre de naturaleza reservada, abstraída y tendente a la melancolía. Aunque cumplía con celo con los deberes que le imponía su ministerio y llevaba una vida intachable, no daba la impresión de compartir esa sensación de serenidad mental, ese sosiego interior que debería ser la recompensa de todo cristiano sincero y practicante. A menudo, a última hora de la tarde, cuando se sentaba frente a la ventana con el escritorio lleno de papeles, dejaba de leer y de escribir, apoyaba la barbilla en la mano y se entregaba a pensamientos desconocidos, aunque sin duda emocionantes y perturbadores, a juzgar por el brillo de sus ojos y la dilatación momentánea de sus pupilas.
Además, creo que la Naturaleza no era para él la misma fuente inagotable de placer que suponía para sus hermanas. En una ocasión le oí expresar en voz alta el afecto que sentía por aquellas rugosas montañas y por aquel amasijo de oscuro tejado y paredes débiles al que llamaban hogar, pero su tono al pronunciar estas palabras expresaba más tristeza que placer. Nunca vagaba por los páramos en busca de aquel bálsamo de silencio, ni se detenía a disfrutar de los mil encantos serenos que emanaban de aquel lugar.