Jane Eyre
Jane Eyre La intimidad que había surgido con tanta rapidez y espontaneidad con las hermanas Rivers no era en absoluto aplicable al señor Saint John. Una de las razones que explicaban esta distancia eran sus continuas ausencias de la casa, ya que dedicaba gran parte de su tiempo a visitar a las personas más pobres y enfermas de su dispersa parroquia.
No había inclemencia del tiempo que pudiera arredrarle en el cumplimiento de estas excursiones pastorales: lloviera o hiciera sol, después de las horas de estudio matutino, cogía el sombrero, y, seguido por Carlo, el viejo perro labrador de su padre, partía en esa misión de amor o deber; yo nunca llegué a saber bajo qué luz la veía. A veces, cuando el día era muy desfavorable y sus hermanas le pedían que se quedara en casa, él solía decirles, con una sonrisa más engreída que alegre dibujada en el rostro:
—Si dejara que una ráfaga de viento o un chaparrón de lluvia me apartaran de mi cometido, ¿no creéis que este sentimiento de pereza iría en contra de los propósitos que me he hecho de cara al futuro?
La respuesta habitual de Diana y Mary a esta pregunta solía ser un suspiro de resignación, precedido por unos minutos de aparente reflexión.