Jane Eyre
Jane Eyre Si había alguien que destacara en el trío, esta era Diana. Físicamente era superior a mí, tanto en belleza como en vigor. Su espíritu estaba sacudido por una corriente de energía y una seguridad en sí misma que me seducía y, al mismo tiempo, escapaba a mi comprensión. Yo podía charlar durante un buen rato al principio de la velada, pero agotado ese primer conato de fluidez y vivacidad, prefería sentarme a los pies de Diana, apoyar la cabeza en su regazo y escucharlas hablar, a ella y a Mary, mientras discutían en profundidad sobre un tema del que yo apenas había oído una palabra. Diana se ofreció a enseñarme alemán y me gustó aprender de ella: noté que el papel de profesora la complacía tanto como a mí el de alumna. Nuestras naturalezas se complementaban, y de esos momentos nació un sólido afecto mutuo. Un día descubrieron que yo sabía dibujar, y a partir de ese instante pusieron sus cajas de lápices de colores a mi disposición. Observaron encantadas que en este aspecto mi habilidad superaba a la suya. Mary solía sentarse a ver cómo dibujaba. Más tarde me propuso que le diera clases y se convirtió en una pupila dócil, inteligente y predispuesta. Así, ocupadas y entretenidas, las horas se hicieron días, y los días, semanas.