Jane Eyre

Jane Eyre

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Comenzó tranquilamente, y, en realidad, en cuanto a pronunciación y tono de voz, mantuvo ese aire calmado hasta el final. Sin embargo, aquel sermón diáfano no tardó en verse salpicado por un celo entusiasta que fue tensando el discurso. Así, sus palabras fueron ganando fuerza gracias a un lenguaje dramático y a la vez preciso. El poder del predicador era tal que sacudía al corazón y despertaba la mente. Sus palabras no desprendían la menor suavidad: al contrario, existía una profunda amargura y una extraña ausencia de esa calidez reconfortante que suele matizar los sermones eclesiásticos. Fueron múltiples sus severas alusiones a elementos como la elección, la predestinación y el castigo, típicos en la doctrina de Calvino, y cada una de estas referencias sonaba como una sentencia dictada desde el otro mundo. Cuando hubo terminado, en lugar de sentirme mejor, más serena e iluminada por sus palabras, experimenté una inexplicable pesadumbre. Tuve la impresión —aunque ignoro si los demás la compartían— de que la elocuencia de la que había sido testigo provenía de un abismo donde anidaba un profundo poso de desengaño, sacudido por impulsos incontrolables de anhelos no saciados e indómitas aspiraciones. Estaba segura de que, pese a su celo, su conciencia limpia y sus hábitos cristianos, Saint John Rivers aún no había hallado aquella paz de Dios que sobrepasa la comprensión. Como tampoco lo había hecho yo, atormentada por penas secretas, por la nostalgia del paraíso perdido y del ídolo caído, cargas a las que no he aludido últimamente, pero que aún me poseen y dominan con su tiranía implacable.


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