Jane Eyre
Jane Eyre En todo esto transcurrió un mes. Diana y Mary abandonarían pronto Moor House para regresar a sus vidas habituales, tan distintas a la que llevaban en su casa: ambas trabajaban como institutrices de los vástagos de dos familias adineradas del sur de Inglaterra, cuyos miembros ricos y altivos las veían como a simples empleadas, sin ni siquiera intuir las cualidades que las adornaban: apreciaban su cultura de la misma forma en que reconocían la habilidad de la cocinera o el buen gusto del ama de llaves. El señor Saint John aún no me había dicho nada del empleo que había prometido buscarme, aunque el tema ya empezaba a ser urgente. Una mañana en que me quedé a solas con él en la sala, me aventuré a acercarme a su retiro junto a la ventana —la mesa, la silla y el escritorio formaban una especie de estudio aparte—, y fui a dirigirle la palabra, aunque sin saber muy bien cómo formular mi pregunta. Siempre resulta difícil romper el hielo con personas de carácter tan reservado como era el suyo. En esa ocasión, sin embargo, me ahorró la preocupación iniciando él mismo la conversación.
Así, mirándome cuando me acerqué hasta él, dijo:
—¿Tiene usted algo que decirme?
—Pues sí. Desearía saber si ha tenido noticias de algún servicio para el que pueda ofrecerme.