Jane Eyre

Jane Eyre

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—Si apenas he tenido tiempo para disfrutar de la tranquilidad, menos aún para padecer la impaciencia que se deriva de la soledad.

—Muy bien. Espero que esa satisfacción que dice sentir sea cierta. En cualquier caso, su sentido común le dirá que es demasiado pronto aún para rendirse a los vacilantes temores que invadieron a la esposa de Lot. Está claro que yo ignoro lo que dejó usted atrás antes de llegar aquí, pero mi consejo es que resista con firmeza toda tentación de mirar hacia el pasado: prosiga en el camino que ha iniciado aquí, al menos por unos meses.

—Esa es mi intención —respondí.

—Controlar las tendencias naturales supone un duro esfuerzo —continuó Saint John—, pero es algo que debe hacerse. Lo sé por experiencia. En cierta medida, Dios nos ha concedido el don de labrarnos nuestro propio destino. Cuando nuestra energía nos pide un sustento que no podemos darle, cuando nuestra voluntad emprende un camino lleno de dificultades, no podemos morir de inanición o caer en la desesperación: lo único que tenemos que hacer es buscar otro alimento para la mente, tan fuerte como la comida prohibida que ansía probar, y quizá más puro. Y así lograremos abrirnos camino a través de una ruta tan ancha y directa como la que nos ha negado la Fortuna, aunque suponga un camino más escarpado.


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