Jane Eyre

Jane Eyre

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—No, no puedo quedarme. Solo he venido para traerle un paquete que mis hermanas dejaron para usted. Creo que contiene una caja de pinturas, lápices y papel.

Me acerqué a recoger un regalo tan apropiado. Pensé que me miraba con severidad al percibir el rastro de las lágrimas sobre mis mejillas.

—¿Ha encontrado su primer día más duro de lo que pensaba? —preguntó.

—¡Oh, no! Al contrario: creo que con el tiempo llegaré a llevarme bien con las alumnas.

—Pero quizá tiene quejas sobre el alojamiento, sobre los muebles. ¿Tal vez han defraudado sus expectativas? La verdad es que son bastante modestos, pero…

—La casa está limpia y el techo me protegerá de las inclemencias del tiempo —interrumpí—, y tengo los muebles que necesito para estar cómoda. Todo lo visto hasta ahora me lleva a expresar agradecimiento, no reproches. No soy tan superficial como para lamentar la falta de una alfombra, de un sofá y de una cubertería de plata. Además, hace cinco semanas no tenía nada: era una descastada, una vagabunda, una mendiga. Ahora tengo conocidos, una casa y un trabajo. Aprecio la bondad del Señor y la generosidad de mis amigos. No puedo quejarme de mi suerte.

—¿La oprime el peso de la soledad? ¿Cree que esa pequeña casa en la que vive es oscura y vacía?


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