Jane Eyre
Jane Eyre Al observar el paisaje me invadió una sensación de felicidad, y por ello me extrañó que un momento después las lágrimas se asomaran a mis ojos. ¿A qué venía aquel súbito ataque de llanto? Era por el destino que me había separado de mi señor, porque no volvería a verle, por la desesperación y la furia que le habrían embargado como consecuencia de mi huida, y que tal vez le habrían apartado tanto del buen camino que ya la salvación sería imposible. Con esta reflexión, aparté la mirada de aquel cielo hermoso y del solitario valle de Morton. Digo solitario porque en todo el tramo que podía verse de mi casa no había ni una sola construcción, excepto la iglesia y la rectoría que surgían medio escondidas por la arboleda. En los límites del valle se distinguía el tejado de Vale Hall, donde vivía el hombre rico del pueblo, el señor Oliver, en compañía de su hija. Cerré los ojos y apoyé la cabeza en el marco de piedra de la puerta, pero poco después un ligero ruido que provenía de la valla que separaba mi diminuto jardín de los campos me hizo levantar la vista. Un perro —el viejo Carlo, el perro de los Rivers— empujaba la verja con el hocico y el propio Saint John se inclinaba sobre ella con los brazos doblados, el ceño fruncido y los ojos fijos en mí con un semblante tan serio que casi expresaba ira. Le invité a entrar.