Jane Eyre

Jane Eyre

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—Sí, sí… —fue la respuesta.

La puerta se cerró, una voz dijo «Adelante», y partimos. Así fue como me separé de Bessie y de Gateshead para dirigirme a regiones desconocidas que entonces percibía como remotas y misteriosas.

Apenas recuerdo el trayecto. Solo sé que el día se me antojó interminable y que tuve la impresión de que recorríamos cientos de kilómetros. Cruzamos varias ciudades y nos detuvimos en una muy grande. Se desengancharon los caballos y los pasajeros bajaron a comer. A mí me llevaron al interior de una posada y el cochero me propuso que tomara algo, pero al ver que yo no tenía hambre me dejó sola en una habitación inmensa provista de una chimenea en cada extremo, una gran lámpara colgando del techo y una pequeña vitrina forrada de rojo repleta de instrumentos musicales. Me dediqué a dar vueltas por la habitación, embargada por una cierta extrañeza y el temor de ser víctima de un rapto en cualquier momento. Tenía verdadero pánico a los secuestradores que con tanta frecuencia aparecían en los relatos de Bessie. Por fin volvió el cochero y me acompañó de nuevo hasta el carruaje; mi protector ocupó su asiento, hizo sonar la bocina y proseguimos el camino por la calle empedrada de la ciudad de L…


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