Jane Eyre
Jane Eyre La luna acababa de ocultarse y en el exterior reinaba una absoluta oscuridad. Bessie llevaba una linterna para alumbrar el sendero, húmedo por el reciente deshielo. Me castañeteaban los dientes debido al intenso frÃo de la madrugada. HabÃa una luz encendida en la casa del guarda y, al acercarnos, vimos que se trataba de su esposa atizando el fuego. AhÃ, junto a la puerta, estaba mi baúl, dispuesto para la partida desde el dÃa anterior. Poco después el reloj dio las seis y hasta nosotras llegó el ruido de unas ruedas sobre el camino, señal inequÃvoca de la cercanÃa del carruaje. Fui hacia la puerta y distinguà las luces del coche aproximándose a toda velocidad.
—¿Viajará ella sola? —preguntó la esposa del guarda.
—En efecto.
—¿Y a qué distancia está?
—A unos ochenta kilómetros.
—¡Qué viaje tan largo! No entiendo cómo la señora Reed la deja ir sola tan lejos.
Los cuatro caballos que movÃan el carruaje se detuvieron frente a la puerta. Iba lleno de pasajeros y tanto el guarda como el cochero dieron señales de impaciencia. Subieron el baúl y me arrancaron del cuello de Bessie.
—¡Cuide de ella! —gritó esta al conductor mientras él me metÃa en el interior.