Jane Eyre
Jane Eyre Tenía los músculos entumecidos de estar tanto tiempo sentada y me hallaba algo mareada por el constante movimiento del coche. Pese a todo, me esforcé por ver lo que me rodeaba: la lluvia, el viento y la oscuridad flotaban en el aire. Frente a mí pude distinguir una especie de muro en el que se abrió una puerta. Mi guía me acompañó al interior y cerró con llave la puerta a nuestras espaldas. Mis ojos distinguieron una casa muy grande, o un grupo de ellas, con muchas ventanas, en algunas de las cuales brillaba una luz. Subimos por un sendero ancho y lodoso, salpicado de charcos, hasta dar con otra puerta. La criada me condujo a través de un corredor, y finalmente llegamos en un salón, caldeado gracias a las llamas de la chimenea, donde me dejó sola.
Me acerqué al fuego para calentarme las manos y luego miré alrededor. No había ninguna vela, pero la incierta luz del fuego me ofrecía ráfagas fugaces de lo que me rodeaba: las paredes empapeladas, la alfombra, las cortinas, los muebles de caoba brillante. Todo indicaba que era la sala de visitas, no tan amplia o lujosa como el salón de Gateshead, pero bastante confortable. Intentaba discernir el tema de un cuadro que colgaba en la pared cuando la puerta dio paso a dos personas. Una de ellas llevaba una vela en la mano; la otra la seguía de cerca.