Jane Eyre

Jane Eyre

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Lo dijo con una indiferencia despreocupada y abstraída, como si quisiera demostrar que mi solicitud era, al menos en su opinión, absolutamente superflua. Me callé.

Él seguía resiguiendo con el dedo su labio superior, los ojos fijos en las hipnóticas llamas. Por decir algo, le pregunté si notaba frío procedente de la puerta, que tenía a su espalda.

—No, no —respondió en tono cortante y de mal humor.

«Muy bien —pensé—, si no quieres hablar, manténte callado: te dejaré en paz y volveré a concentrarme en el libro que estaba leyendo.»

Así que tomé la vela y retomé la lectura de Marmion. No tardó en reaccionar. Mis ojos no perdían de vista sus movimientos: sacó del bolsillo un billetero de piel del que extrajo una carta que leyó en silencio, para después doblarla y volver a sumirse en sus reflexiones. Era inútil intentar leer con esa inescrutable figura delante; ni tampoco, dada mi impaciencia, podía soportar más ese silencio. Estaba dispuesta a hablar aunque me contestara con toda la brusquedad del mundo.

—¿Ha recibido noticias de Diana y de Mary recientemente?

—No desde la carta que le mostré la semana pasada.


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