Jane Eyre

Jane Eyre

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—No es un recibimiento muy hospitalario para un visitante, pero, ya que lo pregunta, le responderé: lo único que quiero es mantener con usted una pequeña charla. Me he cansado de estar con libros mudos en cuartos vacíos. Además, desde ayer, he sentido la excitación que embarga a las personas que, habiendo oído la mitad de un relato, aguardan impacientes el final de la historia.

Se sentó. Recordé su extraña conducta del día anterior y empecé a temer que hubiera perdido el juicio. De todos modos, en caso de que estuviera loco, era una perturbación fría y compuesta: nunca había visto los cincelados rasgos de su rostro tan hermosos como en aquel momento, mientras se apartaba de la cara los cabellos húmedos de nieve dejando que el fuego iluminara a placer la pálida frente y las blancas mejillas, donde me dolió descubrir restos inequívocos de dolor o de tristeza. Esperé a que dijera algo que me aclarara las dudas, pero él apoyó la barbilla en la mano, colocando un dedo sobre los labios. Meditaba. Un súbito sentimiento de piedad me invadió el corazón y le dije:

—Ojalá Diana o Mary vinieran a vivir con usted: no es bueno que esté tan solo. Además, vela muy poco por su propia salud.

—No es cierto —dijo él—. Me cuido cuando es necesario: ahora estoy bien. ¿Qué ve de malo en mí?


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