Jane Eyre

Jane Eyre

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De repente oí un ruido. El viento, pensé, que ha cerrado la puerta. Pues no: era Saint John Rivers, quien, tras correr el pestillo, emergió del helado huracán, de esa lóbrega oscuridad, y se plantó ante mí. Llevaba una capa blanca que cubría la totalidad de su figura, confiriéndole el aspecto de un glaciar. Me alarmé: no esperaba que nadie se atreviera a cruzar el valle en una noche como aquella.

—¿Sucede algo? —pregunté—. ¿Malas noticias?

—No. Veo que resulta fácil asustarla —contestó, quitándose la capa y colgándola detrás de la puerta, hacia la que empujó de nuevo la alfombra que había desplazado al entrar. Se sacudió la nieve de las botas.

—Me temo que voy a ensuciar este suelo tan limpio, pero por una vez espero que sabrá disculparme. —Y, acercándose al fuego y extendiendo las manos hacia sus llamas, prosiguió—: Le aseguro que me ha costado mucho llegar hasta aquí. En algunos tramos la nieve me llegaba a la cintura. Suerte que aún está bastante blanda.

—Pero ¿a qué ha venido? —no pude evitar exclamar.


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