Jane Eyre
Jane Eyre —Por fin levanta la frente —dijo el señor Rivers—. TemÃa que hubiera caÃdo bajo el hechizo de la Medusa, capaz de convertirla en una estatua de piedra. ¿Quizá ahora me pregunte a cuánto asciende su fortuna?
—¿Cuánto heredaré?
—Una bagatela. Nada de lo que merezca la pena hablar: ¿qué son, creo que dijeron, veinte mil libras?
—¡Veinte mil libras!
El asombro me atacaba de nuevo: yo calculaba unas cuatro o cinco mil libras, pero esta cantidad me dejó sin aliento. El señor Saint John, a quien nunca antes habÃa oÃdo reÃr, prorrumpió en una carcajada.
—Bien —dijo él—, no tendrÃa usted un aspecto peor si yo acabara de descubrir que habÃa cometido un crimen.
—Es una cuantiosa suma. ¿No habrá algún error?
—Puedo asegurarle que no.
—Quizá leyó usted mal las cifras. ¿No serÃan dos mil?
—Está escrito en letras, no en números, y dice muy claro veinte mil libras.
De nuevo me sentà como un individuo de apetito normal sentado ante una mesa dispuesta para cien comensales. El señor Rivers se levantó y se puso la capa.