Jane Eyre
Jane Eyre Por fin llegó el ansiado jueves. Se esperaba que llegaran al anochecer, y a media tarde se encendieron los fuegos en todas las salas. La cocina estaba en perfecto orden, Hannah y yo nos habíamos vestido para recibirlas. Todo estaba a punto.
Saint John fue el primero. Me las había arreglado para mantenerle a distancia durante todo el proceso de renovación de la casa; y, en realidad, la mera intuición del alboroto, a la vez sórdido y banal, que estaba teniendo lugar en el interior de los muros, fue suficiente para que no se acercara. Cuando apareció, yo estaba en la cocina, pendiente del horno donde se cocían unos pasteles para el té. Se acercó hasta mí y preguntó si me sentía satisfecha con las obligaciones de un ama de casa. Mi respuesta fue una invitación a que revisara conmigo el resultado de esas tareas. Fue un poco difícil convencerle de que me siguiera, pero lo conseguí: se limitó a observar el interior de las habitaciones desde el umbral de la puerta que yo le iba abriendo. Una vez inspeccionadas las dos plantas, me dijo que me había tomado muchas molestias para realizar tantos cambios en tan breve espacio de tiempo, pero no me dedicó ni una sílaba de alabanza, ni mostró ni un ápice de placer al contemplar el magnífico aspecto de su hogar.