Jane Eyre
Jane Eyre Y fui feliz en Moor House, aunque trabajé duro, al igual que Hannah. La buena mujer contemplaba estupefacta mi alegría en medio del agotador bullicio que implica la limpieza a fondo de una casa. La verdad es que, después de un par de días sumergidas en la peor de las confusiones, fue maravilloso ver cómo, poco a poco, el orden nacía del caos que nosotras mismas habíamos provocado. Lo primero que hice fue realizar un viaje a S… a comprar algunos muebles nuevos: mis primos me habían dado carta blanca para realizar cualquier cambio que se me antojara y habían dispuesto una suma para ese propósito. Dejé el comedor y las habitaciones prácticamente como estaban: sabía que, pese a su aspecto corriente, Diana y Mary se sentirían más cómodas rodeadas de las mesas de siempre, de las mismas sillas y los mismos lechos, que viéndose rodeadas por un conjunto de nuevas adquisiciones. Sin embargo, algunos cambios resultaban imprescindibles si quería dar a su regreso el esplendor que yo deseaba. Para tal fin compré unas hermosas cortinas oscuras y unas suntuosas alfombras a juego, realicé una cuidada selección de exquisitas figuras de porcelana, nuevos juegos de cama, y un espejo y un neceser para cada tocador. El resultado me dejó satisfecha: era elegante sin caer en la ostentación. Cambié por completo los muebles de otro salón y arreglé un dormitorio vacío con muebles de caoba antigua y cortinas de color carmesí. Colgué tapices en las paredes del corredor y puse alfombras en las escaleras. Cuando todo quedó listo, pensé que Moor House resultaba un modelo de sencilla comodidad hogareña, un lugar que contrastaba con la soledad estéril de los páramos que rodeaban la casa.