Jane Eyre
Jane Eyre Eso no me gustó, lector, debo reconocerlo. Saint John era un hombre bueno, pero empezaba a creer que no se había equivocado cuando se definió a sí mismo como un ser duro y frío. Los pequeños placeres de la vida le traían sin cuidado: no apreciaba esa parte sencilla y tierna del devenir cotidiano. Sus únicas aspiraciones se centraban en todo aquello que era grande y elevado, pero sin conceder jamás el menor respiro ni a sí mismo, ni a quienes le rodeaban. Mientras observaba su frente despejada, firme y pálida como la de una lápida blanca, con los rasgos concentrados en la lectura, percibí con claridad que nunca sería un buen marido, y que la mujer que fuera su esposa se enfrentaría a una tarea agotadora y desagradecida. De repente se me hizo la luz y comprendí la naturaleza de su amor por la señorita Oliver, y estuve de acuerdo con él en calificarlo de mera pasión de los sentidos. Entendí cómo debía despreciarse a sí mismo por verse obligado a ceder a ese capricho, sus deseos por reprimirlo y ahogarlo, y su seguridad de que dicha pasión difícilmente podía ser fuente de felicidad, ni para él ni para ella. Vi que estaba hecho de la materia prima con que la naturaleza moldea a sus héroes, tanto cristianos como paganos: a los legisladores, los hombres de estado, los conquistadores… En público, se convierten en el estandarte donde apoyar esas ambiciosas metas. Sin embargo, al calor del hogar, quedan reducidos a ser una columna fría y reservada, lúgubre y fuera de lugar.