Jane Eyre

Jane Eyre

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«Su mundo no está en este salón —pensé—. Se sentiría más a gusto en los riscos del Himalaya, o en los bosques de Caffre, o incluso en las marismas infestas de la costa de Guinea. No me extraña que reniegue de la vida hogareña: en ella sus facultades se enquistan, desaprovechadas e incapaces de desarrollarse. Solo en escenarios de violencia y peligro, donde se ponga a prueba su valor y deba hacer acopio de todo su vigor y fortaleza, se convertirá en ese líder, el guía que tanto desea ser. Pero, al calor del hogar, incluso un niño le dejaría atrás. La carrera de misionero que ha elegido es la acertada. Ahora lo veo.»

—¡Ya llegan! ¡Ya llegan! —gritó Hannah, abriendo de golpe la puerta del salón.

En el mismo momento, el viejo Carlo ladró alegremente. Salimos corriendo: de la oscuridad surgía el ruido de un carruaje. Hannah encendió una linterna. El vehículo se había detenido junto a la verja y el cochero abrió la puerta, por la que bajaron dos siluetas familiares. Un minuto después ya estaba acariciando las suaves mejillas de Mary y los largos rizos de Diana, mientras ellas me besaban entre risas de felicidad. Luego saludaron a Hannah y palmearon la cabeza de Carlo, que saltaba medio loco de alegría. Preguntaron si todo iba bien y, al asegurarles que no había el menor motivo de inquietud, se apresuraron a entrar en la casa.


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