Jane Eyre

Jane Eyre

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Pese a que estaban fatigadas debido al largo y aburrido viaje desde Whitcross y heladas por el aire frío de la noche, sus semblantes se animaron ante las vivaces llamas que crepitaban en la chimenea. Mientras el cochero y Hannah se encargaban de entrar los baúles, ellas preguntaron por Saint John. Solo entonces salió él del salón. Ambas le rodearon con sus brazos. Él dio a cada una un beso en la mejilla y murmuró unas palabras de bienvenida; permaneció unos minutos charlando con sus hermanas y luego se refugió en su guarida habitual, suponiendo que no tardarían en reunirse con él.

Yo había encendido las velas para que pudieran subir a sus habitaciones, pero Diana quiso ocuparse antes de acomodar al cochero. Hecho esto, ambas me siguieron. Se mostraron encantadas con la nueva decoración de los aposentos —con las cortinas, las alfombras y los jarrones de exquisita porcelana—, y no escatimaron elogios. Tuve el placer de comprobar que mis arreglos las complacían enormemente y que mis esfuerzos quedaban recompensados por la satisfacción que dichos cambios añadían a su esperado retorno.





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