Jane Eyre

Jane Eyre

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Fue una velada dulce. Mis primas, rebosantes de excitación, se entregaron a una charla locuaz que eclipsaba el aire taciturno de Saint John. Pese a que este estaba sinceramente contento por ver a sus hermanas, era incapaz de contagiarse de su entusiasmo. El acontecimiento del día —el retorno de Diana y Mary— le resultaba grato, pero todo lo que dicha llegada traía consigo, ese alegre bullicio y las efusivas manifestaciones del recibimiento, le incomodaban. Noté que ansiaba la serenidad del día siguiente. Una hora después, en el momento cumbre del jolgorio nocturno, oímos que alguien golpeaba la puerta. Hannah entró con la noticia de que «acababa de llegar un pobre crío a esas horas tan inoportunas en busca del señor Rivers. Quería que visitara a su madre que estaba en su lecho de muerte».

—¿Dónde vive, Hannah?

—Más allá de Whitcross Brow, al menos a siete kilómetros, en medio de los páramos.

—Dile que ya voy.

—Señor, haría mejor en negarse. Es la peor carretera para viajar en la oscuridad: ni siquiera es un camino como Dios manda… ¡Y hace una noche tan atroz…! El viento es casi un huracán. Sería mejor que lo dejara para mañana a primera hora.


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