Jane Eyre

Jane Eyre

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Pero él ya estaba en el corredor, poniéndose la capa. Partió sin una queja: eran las nueve y no regresó hasta medianoche. Pese a que llegó exhausto y muerto de hambre, parecía más feliz que antes de salir. Acababa de cumplir con su obligación: había hecho un esfuerzo, había agotado sus propias fuerzas y, en consecuencia, estaba más satisfecho consigo mismo.

Me temo que los acontecimientos de la siguiente semana pusieron a prueba su paciencia. Era la semana de Navidad, de modo que decidimos emplearla en una suerte de alegre disipación hogareña. El aire del páramo, la libertad del hogar y la nueva experiencia que suponía la prosperidad afectaron a los espíritus de Diana y de Mary: como si hubieran tomado una dosis de elixir de la vida, estaban alegres de la mañana a la tarde y de la tarde a la noche. Hablaban a todas horas, y su conversación, culta, interesante y original, me complacía de tal modo que prefería compartirla a hacer cualquier otra cosa. Saint John no protestaba ante tanta vivacidad, pero la rehuía: pasaba poco tiempo en la casa. Su parroquia era grande y las gentes que la componían estaban esparcidas por la zona, así que se entregó a sus obligaciones de visitar a los pobres y los enfermos de los distintos distritos.

Una mañana, a la hora del desayuno, Diana le preguntó, tras meditarlo unos minutos, si había modificado en algo sus planes.


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