Jane Eyre
Jane Eyre «Por tanto, serÃa posible que consintiera a su petición si no fuera por un detalle, un detalle terrible: me pide que sea su esposa, pero no alberga por mà mayor sentimiento marital del que experimentarÃa esa roca gigante de la que el agua salta hacia el desfiladero. Me aprecia igual que un soldado aprecia una buena arma, eso es todo. No me afectarÃa si no pretendiera ser mi marido. Pero ¿puedo consentirle que lleve a término sus propósitos, que frÃamente ponga en práctica sus planes de matrimonio? ¿Me veo capaz de recibir de sus manos el anillo de casada, soportar todas sus formas de amor (y no dudo de que él las observarÃa con el mayor escrúpulo) y saber a la vez que su espÃritu está muy lejos? ¿Puedo resistir la consciencia de que cada una de sus muestras de afecto suponen para él el sacrificio de un principio? No: un martirio tal serÃa monstruoso. Nunca podrÃa soportarlo. Le acompañaré como su hermana, pero no como su esposa. Esa será mi respuesta.»
Miré hacia la colina: él estaba allÃ, tendido como una columna horizontal. Se volvió hacia mÃ, y sus ojos me observaron atentos y curiosos. Se puso en pie y se acercó.
—Estoy dispuesta a acompañarte a la India si puedo hacerlo libre.
—Aclara esa respuesta —replicó—. No acabo de entenderla.