Jane Eyre
Jane Eyre —Ya que hasta el momento hemos sido hermanos adoptivos, continuemos igual, sin casarnos.
Él sacudió la cabeza:
—La fraternidad adoptiva no funcionarÃa en este caso. SerÃa distinto si fueras mi hermana de verdad: te llevarÃa conmigo y no buscarÃa esposa. Pero, tal y como están las cosas, nuestra unión debe ser consagrada en el altar o no ser en absoluto. Existen obstáculos de Ãndole práctica que se oponen a ello. ¿No lo ves, Jane? Considéralo por unos minutos y el sentido común te guiará.
Eso hice, y mi sentido común me confirmó que, si el amor que sentÃamos por el otro no era el de marido y mujer, el matrimonio no tenÃa razón de ser. Se lo dije:
—Saint John, te veo como a un hermano y tú me ves a mà como a una hermana. Sigamos asÃ.
—No podemos, no podemos —prosiguió en un tono cortante y resuelto—. No es posible. Has dicho que vendrÃas conmigo a la India. ¡Recuérdalo! ¡Lo has dicho!
—He puesto una condición.