Jane Eyre
Jane Eyre —Bien, bien. Volvamos al punto principal: no tienes nada que objetar a la partida de Inglaterra ni a colaborar conmigo en mis futuras tareas. Con ello has recorrido la mitad del camino, y eres demasiado honesta para volverte atrás. Solo debes tener en cuenta un objetivo: cómo desempeñar de la mejor forma posible el trabajo emprendido. Simplifica tus complejos intereses, tus sentimientos, pensamientos, deseos y ambiciones. Funde todas esas consideraciones en un solo propósito: el de realizar con energÃa y eficacia la misión que te ha encomendado el Señor. Para hacerlo debes tener un ayudante; y este debe ser no un hermano, al que solo te una un lazo frágil, sino un esposo. Tampoco yo quiero una hermana que algún dÃa se aparte de mÃ. Quiero una esposa: la única ayuda sobre la que puedo influir y a la que puedo retener hasta la muerte.
Sus palabras me erizaban la piel: sentÃa su influencia en la médula, paralizándome los miembros.
—Busca a otra, Saint John, a una mujer más apropiada que yo.
—Más apropiada a mis propósitos, querrás decir. Más apropiada para mi vocación. De nuevo te digo que no es el individuo privado, el ser primitivo con deseos y sensaciones egoÃstas, quien busca compañera, sino el misionero.