Jane Eyre

Jane Eyre

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Todo esto suponía para mí una tortura, refinada y sutil. En mi interior convivían las ascuas de la indignación con un sentimiento de pena, y ambos se conjuraban para hostigarme y hundirme a la vez. Sentí que, si llegara a ser su esposa, este hombre bueno, puro como las aguas de un manantial, no tardaría en matarme: acabaría conmigo sin derramar una sola gota de sangre y sin manchar su impoluta conciencia de la más leve sombra de culpa. Fui intensamente consciente de ello en los momentos en que intenté acercarme a él. Mi piedad no encontró piedad por su parte. Él no sufría por el distanciamiento ni ansiaba la reconciliación, y, aunque en más de una ocasión mis lágrimas incontenibles mancharon la página que ambos leíamos, el llanto no despertó en él la menor reacción, como si su corazón estuviera hecho de piedra o de metal. En estos días trataba a sus hermanas con mayor amabilidad que de costumbre. Como si temiera que la simple frialdad que me dedicaba no fuera suficiente para convencerme de lo bajo que había caído a sus ojos, añadía a la evidencia la fuerza del contraste. Y, sin embargo, estoy segura de que no era maldad lo que le hacía actuar así, sino la firme creencia de estar obrando de forma correcta.




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