Jane Eyre
Jane Eyre La noche antes de su partida, al verle paseando por el jardÃn al atardecer, recordé que este hombre que ahora se apartaba de mà era mi primo que, además, fue capaz de salvarme la vida en una ocasión. Todo ello me llevó a acometer un postrer intento de recuperar su amistad. Salà al jardÃn y me acerqué a él, que estaba apoyado en la reja. Abordé el tema de inmediato.
—Saint John, me siento triste porque noto que sigues enfadado conmigo. Volvamos a ser amigos.
—Creo que ya lo somos —respondió inconmovible, sin dejar de observar el ascenso de la luna en el cielo.
—No, Saint John, ya no somos tan amigos como éramos antes. Y tú lo sabes.
—¿No? Te equivocas. Por mi parte no te deseo ningún mal, sino todo lo contrario.
—Te creo, Saint John. Estoy segura de que eres incapaz de desear ningún mal a nadie. Pero, como pariente tuya, desearÃa recibir de ti un poco más de afecto que esa especie de filantropÃa general que brindas a los extraños.
—Por supuesto —confirmó—. Tu deseo es razonable, y yo no te considero en absoluto una extraña.